Dicho movimiento abogaba por
presentar películas ceñidas a una serie de normas (Manifiesto Dogma) que daban
derecho a un sello de autenticidad, de cumplir con el llamado “Voto de castidad”
durante el proceso de rodaje y producción. Para resumir los procesos
imprescindibles podemos nombrar algunos como el hecho de tener que ser rodadas
en escenarios naturales y no en estudios, el deber tener sonido e iluminación originales
y no artificiales, prescindir de efectos especiales e incluso de trípodes para
las cámaras o la prohibición de pertenecer a algún llamado género
cinematográfico. Con algunos altibajos y algunas modificaciones, el movimiento
Dogma duró unos diez años, aunque el efecto que tuvo en el cine todavía
perdura.
